jueves, 19 de enero de 2017

MILAGRO EN MILÁN (1951)

    Un cuento amable y divertido, mágico si queremos, con un trasfondo de crítica a la sociedad burguesa y al capitalismo más descarnado que no repara en derrotar con su bota de hierro a los más vulnerables durante y sobre todo después de la guerra que, finalmente, en un giro quasi religioso, lograrán una alucinante y a la vez inesperada victoria. Neorrealismo trufado de surrealismo, absolutamente alucinado, en esta película de Vittorio De Sica, una maravilla que se une a sus otras dos obras maestras del período neorrealista: la inigualable "Ladrón de bicicletas" y "Umberto D", ambas, como  esta, imprescindibles.

   Aquí el genial autor italiano consigue aunar un punzante y divertido humor, casi podríamos decir, inocente, ese tipo de humor que no necesariamente extrae de nosotros carcajadas sino sonrisas de complacencia, con la oscuridad, la imagen borrosa, propia de la terrible realidad de la época, la miseria tras la guerra, la falta de expectativas de una gran masa de desheredados que se ven abocados a malvivir en la indigencia, en un poblado chabolista en el que vemos llegar personas que, a consecuencia de la crisis económica de postguerra, se ven forzadas a abandonar sus hogares, procedentes de diferentes estratos sociales y lugares de Italia. Después de la destrucción, amplias capas de la sociedad, desde los pobres de siempre hasta personas pertenecientes a la alta burguesía, acaban malviviendo en la pobreza, mientras unos cuantos corruptos y aprovechados millonarios viven sin pudor en la opulencia más descarada, nada que no haya sucedido en todas las épocas solo que acentuado por el pesar en las conciencias del horror de la guerra.


El protagonista, Totó ( Francesco Golisano), es un joven e inocente huérfano, que es criado desde la más tierna infancia por una ancianita bondadosa que lo recoge casi por azar de una huerta, como si hubiese nacido de la misma tierra y con la que convive casi en total aislamiento hasta que esta fallece, pasando entonces a un orfanato, de donde sale ya adulto, comenzando así su peripecia entre los desposeídos, como un ángel que viene a trasformar sus vidas, a demostrar que se puede  vivir con dignidad en un mundo indigno. Las breves escenas de su infancia son adorables y su paseo en solitario detrás del féretro, de una fuerza expresiva que sobrecoge.



 Después llega su vida en el barrio de chabolas del extrarradio milanés donde casi sin quererlo se transforma en un líder de los desharrapados, que sin embargo deciden mantener su dignidad a pesar de las artimañas del todopoderoso señor Mobbi que quiere expulsarlos para explotar un terreno en el que casi mágicamente aparece petróleo, como un regalo divino que no consiguen aprovechar. Repleta de ese realismo mágico tan explotado después, mantiene en todo momento un humor inteligente y perspicaz que nos pateará duramente el hígado y nos hará reflexionar sobre todas  las situaciones de injusticia social, de las guerras y sus consecuencias y de lo injusto de todas las épocas, también de la actual, por muy antigua que nos parezca la cinta.


   Basada en la novela del guionista Cesare Zavattini "Totó el bueno", consigue un brillante resultado con esta alegoría de gran belleza expresiva gracias al buen trabajo en la fotografía de  Aldo Graziati (G.R.Aldo),  que consigue reflejar fielmente un paisaje desolado pero lleno de un vitalismo enternecedor, con un cálido y precioso tono en blanco y negro y  unas icónicas imágenes de un Milán todavía renqueante tras los destrozos de la guerra. La brillante compañía de la música de Alessandro Cicognini aporta ese ritmo alegre que nos predispone a la sonrisa dentro del drama colectivo que se nos presenta.

       

  En cuanto al reparto, como sucede en otras cintas del neorrealismo "puro", muchos actores no son en su mayoría profesionales pero realizan unas interpretaciones francamente notables, llenas de matices, en especial su principal protagonista, ese inocente y bonachón Totó, encarnado por Francesco Golisano, un actor en ciernes fallecido muy joven, que se convierte en el principal protagonista de la historia y en el eje sobre el que discurre el resto del reparto. Su carisma lo ocupa todo hasta tal punto que no podemos imaginar la película sin su presencia, siempre que pensemos en "Milagro en Milán" veremos a Golisano  y su inocente mirada. También destaca el breve pero intenso trabajo de Emma Gramatica en el papel de la encantadora viejecita Lolotta y Brunella Bovo como el amor de Totó. También notable es la actuación del gran Paolo Stoppa como el vil y traidor Rappi.  

    Aunque los efectos especiales parezcan a día de hoy como algo cutre y desfasado no debemos minusvalorar el trabajo que se realiza teniendo en cuenta la época y los medios de que disponían entonces. No obstante el resultado sigue siendo magnífico. La cinta nos ofrece momentos verdaderamente irrepetibles, desde el nacimiento de Totó, o la mirada perdida y socarrona del niño jugando con la madre-abuela hasta las mil peripecias surrealistas que acontecen en el poblado de barracas, en donde el guión da rienda suelta a una imaginación febril, como la relación de un chico negro con una joven blanca o la aparición de petróleo tan solo con pinchar el suelo, sin dejar de lado la crítica mordaz hacia el capitalismo y la visión apocalíptica final que deja un mar de dudas en el espectador. En definitiva, una historia dura contada de manera exquisita y podemos decir esperanzadora, un canto a la vida desde un entorno de muerte y miseria, repleto de amor y ternura.  Una obra maestra del  maestro De Sica que permanecerá siempre en nuestro recuerdo. 

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